Artículo: Las carnes asadas ya no son lo que eran… ¿o sí?

Las carnes asadas ya no son lo que eran… ¿o sí?
"Las carnes asadas ya no son lo que eran."
Cada vez es más común escuchar esa frase. ¿O sí?
Antes solo comprabas "carne para asar", unas salchichas, queso, tortillas, aguacates, una salsa comprada o verduras básicas para hacerla, unos muslitos de pollo para los huercos —y si no había niños, pues era aventarle pollo para que llenara la raza—, una bolsa de carbón y un cartón de cheve.
La raza caía con papitas, algún postre y, claro, más cheve. No faltaba el mamón que llegaba con su whiskey y un agua mineral, o ni eso, ya que el compa daba por sentado que el de la casa tendría Topo Chico y hielos chidos de bolsa del Oxxo, no los culeros del refri.
Ahhhh, y siempre estaba —y sigue estando, creo— el vato que llega sin nada… perateeee, compadre.
Poníamos una pinche grabadora (para las nuevas generaciones: una grabadora es como el iPhone pero sin celular, donde ponías un cassette o CD), toda miada, y sintonizabas el radio. Si había juego de Tigres o Rayados, sacabas la tele y ponías el juego con "pago por evento".
Era prender el carbón —y no la vayas a cagar, porque solo hay una bolsa—, hacer las kekas, la salsa, el guacamole, las salchichas rojas, y luego poner la carne así al chingazo, con pura sal fina. Todos comiendo en los platos en donde venía la carne, esos de fomi, o tomando una tortilla fría como plato; parados, chorreando en el piso la salsa que salía del taco después de la mordida y esparciéndola con los tenis para que no se viera tanto.
Ahí te va cómo me hacía los tacos yo: parado a un lado del asador, agarrabas una tortilla de maíz entre suave y tostada (no por opción, sino porque era la única que había caliente, ya que todos ya habían agandallado las tortillas chidas y a nadie se le ocurrió poner más, hdspm). Bueno, agarrabas esa tortilla y, como estaba caliente, tomabas una tortilla de maíz fría como plato, pellizcabas un pedazo de carne ya asada que estaba en la orilla del asador, le ponías unos pedacillos a la tortilla, limón, salsa martajada con una botella de cerveza y, si tenías mucho tiempo y un aguacate a la mano, le ponías también un 16 de aguacate. Digo lo de tener tiempo disponible porque para ese momento ya era hora de seguir volteando la carne, o pasarle una quesadilla al compa, o recogerla del suelo, ajajajaja.
Le dabas la mordida al taco así de lado, con el codo levantado y obviamente también el meñique, el taco a unos 45 grados de inclinación para que la salsa no se tirara por la parte de atrás, aventando tu tren superior hacia adelante y dejando tus pies bien plantados en el piso para no mancharte. En una mano el taco, en la otra las pinzas, esas pinzas de panadería que siempre te pellizcaban la palma de la mano cuando las cerrabas, llenas de ceniza y grasa. Esas pinzas eran una extensión de tu mano, alv: con esas agarrabas las tortillas, la carne, la brasa, ponías piezas crudas de pollo, abrías la cheve, le picabas el culo al compa que pasaba por ahí y te rascabas cuando te daba comezón, ajajajajaj. (Me la mamé con las últimas dos, es broma… pero si quieres, no es broma.)
Yo he recibido mucho hate de que ahora se dan cursos de cómo aprender a hacer carne asada. De "ahhh, es que ya soy Grill Master", "la tienes que dejar reposar", "usa el termómetro", "si el pedazo de carne es de menos de pulgada y media de grosor entonces tienes que tener también el pan molido, el huevo y la harina, porque ya es milanesa", jajaja. Que a la carne nada más se le pone sal, que fuego directo vs. fuego indirecto, que el sellado inverso, y tantas chingaderas más… Y está bien, jajajaja, lo entiendo.
Todo lo que narré en los primeros párrafos era una típica carne asada con mis compas. Claro, también están las innumerables aventuras de Pipo cuando nos íbamos al río, a Las Adjuntas, a la cascada del Chipitín, al monte a hacer pellejos, y cuando nos íbamos de pesca y llevábamos 6 cartones de cheve para 4 pelados y ni un pinche bote de agua.
Te voy a contar algo que tal vez muchos no sepan. Cuando yo me junto con la raza a prender lumbre, hago "esa carne asada", la que describí en los párrafos anteriores: la típica, la normal, la sencilla pues. Con algunos arreglos y mejoras, porque ya hay con queso en las quesadillas, pero la misma esencia. Y cuando me voy al monte con mis perros, al rancho, lo que más disfruto es poner una parrilla en el piso y poner unas agujas y costillas carrilleras de un cuarto de pulgada, unos muslitos de pollo, que se haga la pinche ahumadera, piquín recién pizcado de amor y también en salsa con sal y limón y un chorrito de agua mineral, y cállate sharap.
Como en toda disciplina, siempre existe una base de los conocimientos, de las tradiciones, y es normal que crezca y evolucione. El dejarla reposar, el cortarla al lado contrario de las fibras… todas esas cosas que predicamos son las científicamente correctas y comprobadas para que nos quede mejor la carne asada y, al final, tener una mejor experiencia en la juntada con nuestros seres queridos. Que nos digan "ahhhhh, te mamaste, qué rico está este pedo". Y nosotros decirles: "muchas gracias, es que lo vi en un video de la SMP", ahhhh, ajajajaja.
En mi opinión, debemos conocer y entender las bases (hablo de cualquier disciplina) y siempre aprender y evolucionar entendiendo el porqué de las cosas, respetando la tradición sin perder la esencia.
Y ahí te va una reflexión, a ver qué opinas (me lo dejas en los comentarios):
Antes —dicen— todo era más simple.
Más auténtico. Más… real.
Menos celulares.
Más conversación.
Menos prisa.
Más tiempo.
Y sí.
Tal vez tienen razón.
Pero también hay otra verdad que pocas veces nos detenemos a ver.
Las carnes asadas no han cambiado tanto…
Los que cambiamos fuimos nosotros.
Hoy llegamos con el celular en la mano.
Con pendientes en la cabeza.
Con la necesidad de documentar el momento para subirlo a Instagram —me incluyo (y tú aquí estás, leyendo esto)—… en lugar de vivirlo.
Queremos que todo sea rápido.
Que el carbón prenda en minutos.
Que la carne esté lista ya.
Que la convivencia encaje entre zooms, compromisos y mensajes de WhatsApp.
Y entonces pasa algo.
El ritual se rompe.
Porque la carne asada nunca fue solo prender el asador.
Era llegar sin prisa.
Era sentarte sin plan.
Era decir "unas cheves trankis"… y ya sabes qué pasa.
Era empezar en la tarde y, para cuando volteas a ver el reloj, oooolooov: 3 am.
Era el olor cuando está prendiendo el carbón y la leña.
Era el olor de la cebolla chismosa.
Era cómo otro contaba el chiste que ya habías escuchado mil veces… pero igual te hacía reír.
Era vivir el momento.
Era tirar carrilla y llorar de tanto reír.
El tiempo… desacelerando.
Y eso… eso sigue existiendo.
No desapareció.
Sigue ahí, esperando.
Hoy tenemos mejores cortes.
Mejores técnicas.
Mejores asadores.
Pero a veces…
Menos presencia.
Y ahí está la diferencia.
No se trata de regresar al pasado.
Se trata de recuperar lo esencial.
De volver a ver la parrilla como lo que siempre fue:
Una excusa.
Para reunirnos.
Para desconectarnos.
Para recordar que la vida no pasa en las pantallas…
Pasa aquí.
Alrededor del fuego.
El fuego nos une

Alejandro G. Gutiérrez Dávila

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